Después de los años difíciles de la
posguerra, con los nuevos gobiernos
tecnócratas llegó una etapa de
reindustrialización en la España
centralista y periférica. En el caso de
Alcázar de San Juan, pionera en La
Mancha, se enganchó a aquel nuevo
impulso social y económico que se vivió
en los primeros momentos de los años
sesenta.
Alcázar era ya un pueblo industrializado,
y buena prueba de ello eran los
trabajadores de las grandes empresas
que llenaban con sus familias en la tarde
de los domingos, los cines, locales y las
cafeterías de Mirinda y bocata de
calamares. Hasta tal punto se usaba una
cierta soltura económica, producto del
sueldo fijo, que los bares habían puesto
de moda unas cortinas de entrada al
local, hechas con hilos de alambre, que se
recubrían a modo de cuentas con las
chapas recogidas de las botellas de zumo
o de los botellines de cerveza
consumidos. Insisto en la idea de las chapas recogidas, porque los padres se llevaban en los
bolsillos las chapas de sus correspondientes botellines para que sus hijos los forraran y
construyeran equipos de fútbol, con los que utilizando un garbanzo como balón, jugaban a
la tarde veraniega en los poyos de la calle, de sus casas, transformándose el poyo en campo
de fútbol y los chicos de la calle en espectadores apelmazados por el frontal de la acera. A
veces alguna prima seguía el partido desde el interior de la casa con las puertas abiertas de
par en par, o incluso las vecinas mayores que se reunían en el portal para oír la novela de
Luisita y Sautier mientras hacían guantes.
Pero no todo era candoroso y pacífico; todas las tardes había algún suceso incontrolado:
alguna mujer se pinchaba con las tijeras o los palos de darle la vuelta a los guantes, o algún
espectador del partido se caía en una carrera al ocupar un sitio predilecto para ver voltear
el garbanzo en el aire. El caso es que alguna madre o abuela, muy enfadada y dando
pescozones al objeto del suceso, salía corriendo por el camino de la Casa de Socorro. Una
bendición que en la plazuela del muelle del mercado y el ayuntamiento estaba siempre
abierta y atendía todo tipo de heridas a cualquier hora del día. Una plazoleta que ha pasado
década tras década, sin nombre ni oficial ni popular. En sus tiempos fue la Plaza del Sol y
después se quedó sin nombre y fue conocida por la referencia de las entidades allí
establecidas, como la Casa de Socorro, Consermancha o el Centro Social.
La Casa de Socorro recibía al paciente que se identificaba a la entrada explicando él mismo
o su acompañante lo que había sucedido; después se pasaba a la sala de espera o
directamente a la sala de curas, donde el practicante asesorado por el médico de guardia,
practicaba la correspondiente cura. La recomendación general cuando eran heridas
domésticas o raspones de caídas en las calles y cosas así, que era lo normal, consistía
primeramente en lavar la herida lo mejor posible y si era con agua y jabón mejor que
mejor. Ahora, ¡quién era el valiente que así lo hacía! Lo normal era echarle agua oxigenada
a chorro, observando el correspondiente burbujeo y sintiendo el cosquilleo propio. Pero los
practicantes muchas tardes, con el joven Andrés a la cabeza, tenían gran habilidad,
limpiaban y curaban y en muchas ocasiones daban algún punto con la precisión de la
maestra bordadora, que a los quince días no se veía señal.
Hecha la cura, puesta la venda incluida, a veces la inyección antitetánica… el accidentado
volvía a su casa, con la madre, la tía o la abuela mucho más serena, recibido como un héroe
y agasajado con una merienda opípara a la que contribuían todas las vecinas, incluso a
veces con trago de Santa Catalina para que se le fuera el susto. El herido contaba con
magnificación como era la Casa Socorro, con sus azulejos blancos, un penetrante olor a
limpio y la simpatía de médico y practicante; lo raro que eran los instrumentos, el misterio
de las vitrinas y la presencia de una cruz de hierro pintada en rojo sobre blanco, que era el
símbolo de aquel pequeño hospital de día que asistía gratis y rápidamente a todo tipo de
población.
Pero no todas las tardes eran así de sencillas. La Casa de Socorro que ya existía en Alcázar
desde 1935 tenía mucho movimiento, los trabajadores de Macosa, RENFE, Precon… y los
viandantes de la Estación sufrían accidentes con frecuencia que eran asistidos en las
dependencias de la Casa de Socorro, que se dotó con sala de rayos X para poder estudiar
situaciones concretas con rapidez. Cuando no había placas o estaba el aparato estropeado,
que solía ser frecuente, se enviaba al paciente a la clínica Mazuecos que estaba bien dotada
y tenía vocación.
De hecho, aunque las primeras iniciativas de abrir la Casa de Socorro alcazareña fueron a
propuesta del concejal Abel Escribano, a la vista de la lentitud municipal, Rafael Mazuecos
recién licenciado en medicina y cirugía, envió una carta al consistorio: “ofrezco al
ayuntamiento la implantación inmediata de los servicios de Casa de Socorro, en mi clínica
particular y departamentos anexos al servicio de cirugía. Esta prestación será gratuita,
mientras mi capacidad económica lo permita”. Rafael Mazuecos junto a los médicos Jesús
González Lizcano y Julio Pérez Guzmán, se hicieron cargo en esas condiciones de la Casa de
Socorro durante años.
¿Era tal la necesidad de la Casa de Socorro? Se lo preguntaron muchos durante años, pero a
veces la frialdad de los datos es clarividente y por eso los contamos ahora. En su primer
año de funcionamiento se realizaron todo tipo de servicios. Atención de enfermedades
hasta 455 casos, heridas y contusiones 686 casos, atención de accidentes, 79 fracturas, 67
esguinces, 44 extracciones de cuerpos extraños, 29 quemaduras y 45 heridas de armas de
fuego, heridas de arma blanca 13 y partos 3. De todas las intervenciones 34 necesitaron de
intervención quirúrgica urgente y hospitalización. Se hicieron 75 radioscopias y 28
radiografías. De todos estos 150 servicios fueron nocturnos. Es destacable el encargo de
reconocimientos a personas por orden de la autoridad 127 adultos y 225 escolares.
El paso del tiempo mejoró la atención pública de la sanidad local, con el seguro obligatorio
que acogía a los trabajadores y sus familias, pero la Casa de Socorro seguía siendo
fundamental. En la carpintería de la puerta Cervera, la serrería decían los jóvenes de allí, se
trabajaba mucho y, algunas veces, les saltaron virutas a los ojos a los hombres de la sierra.
La Casa de Socorro estaba cerca, y allí estaba el médico y el practicante para extraer el
cuerpo extraño del ojo, lavándolo con suero fisiológico y aplicando alguna pomada
antibiótica sobre la herida para rematar la operación con colirio sedante y un apósito que
tapaba el ojo al menos veinticuatro horas. Estos trabajadores agradecidos acercaban al día
siguiente al practicante una garrafilla de vermú Celum y hacían mucha amistad con los
sanitarios. Si el trabajador era de las empresas de metal, se le derivaba a la consulta del
doctor Marcos que, como especialista, se ocupaba de salvar el ojo retirando la esquila.
En otra ocasión mi vecino Eduardito tuvo la mala fortuna de que, jugando a la “pídola” y
haciendo de burro, perdió el equilibrio, con tan mala fortuna que cayéndose sobre el brazo
derecho se fracturó el radio y el cúbito. Su madre que había sido asistida en el parto de su
hija menor por la Casa de Socorro, lo llevó en un ¡ay! a la plaza. Al llegar el mismo médico al
verlo, subió a Eduardo y su madre en su flamante Gordini y los llevó a la clínica Mazuecos,
donde incluso le dieron anestesia general antes de arreglar la fractura. Una noche
hospitalizado y de vuelta a casa con su flamante escayola, todos los chicos y chicas del
barrio querían ser sus amigos y firmar la escayola; además, había que darle la merienda,
con lo que su madre preparaba dos bocadillos, uno para Eduardo y otro para su asistente
de la tarde.
La Casa de Socorro había perdido su sentido de beneficencia, pero no era esta circunstancia
asumida por los alcazareños y los vecinos de la comarca, que venían continuamente a
recibir servicio gratuito. De las muchas noches de servicio se recuerdan algunas
memorables: las de las riñas en la estación con heridas de arma blanca, que se atendían y
luego se daba parte a la policía municipal, las peleas de borrachos en las tabernas que
acababan con algún rasguño y moratones… pero nuestro ínclito practicante decano Andrés
Manzaneque nos relata un suceso especialísimo. Una noche de primavera al salir a tomar el
fresco a la puerta, el médico de guardia encontró en el poyo un capazo con una niña recién
nacida; después de un reconocimiento exhaustivo y comprobar el buen estado sanitario de
la niña, avisaron al juez, que al estudio del caso, determinó entregar la niña a una familia
sin hijos que estaba esperando una ocasión de poder acoger un bebé.
Tras un cierre temporal de la casa, la primera corporación de los ayuntamientos
democráticos volvía a abrirla por la intercesión directa del concejal Leandro Mayorga.
Rehabilitando los locales y redotándola, con un acuerdo de aportación de sanitarios por el
servicio nacional de sanidad, volvió a abrirse permanentemente para atender urgencias y la
atención sanitaria de la beneficencia municipal. Sus servicios justifican claramente la
necesidad ya que en 1985, como único centro de socorro municipal, realizó los siguientes
servicios: accidentes de tráfico 54, de trabajo 280, otro tipo de accidentes, 1358, un total de
2.191 intervenciones, 145 pacientes, producto de riñas y agresiones y se atendieron 314
enfermos en las instalaciones.
El día 29 de mayo de 1986, la Casa de Socorro de Alcázar de San Juan realizó su último
servicio. Al entrar en ella y tras dos escalones estaba la caseta acristalada del conserje que
ocupaba un hueco bajo la escalera, tenía una mampara de cristal con abertura y en letras
rojas en forma de arco se leía “Casa de Socorro”. El conserje pasaba a los pacientes a los
cuartos que había a la derecha. Al final del pasillo se encontraba el cuarto de farmacia, la
sala de rayos X y las habitaciones para el descanso. El último equipo profesional estaba
compuesto por el conserje, Félix Infante, el practicante José Escelio Gómez-Comino y el
doctor Roncero. A las siete y cuarto de la tarde se presentó el paciente Jesús Campo de 47
años de edad, residente en Alcázar de San Juan. Fue diagnosticado de conjuntivitis por la
presencia de un cuerpo extraño en el ojo derecho. Se procedió a la extracción, asentando el
servicio como el número 7.827 en el libro de registro, en una media de 2.000
intervenciones anuales.
Texto: José Fernando Sánchez Ruiz
Foto: Archivo Municipa
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