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Desde abril de 2020, ha tenido tres veces coronavirus, dos neumonías y un trombo, ha necesitado transfusiones de sangre y ser alimentada por sonda nasogástrica, ha superado un cáncer de pecho y hoy lucha contra uno de cuello de útero

PREMIUM
- PEDRO SIMÓN
- Madrid
- FOTOS: ANTONIO HEREDIA
Actualizado
Vino la pandemia y fue como si en la cabeza de Itziar sonara un pistoletazo de salida de la mala suerte y de la peor salud.
Primero fue un contagio por coronavirus que le causó una neumonía bilateral y la tuvo siete meses convaleciente. Pensó que moría.
Luego vino un segundo contagio: esta vez se ensañó con el aparato digestivo. Tres meses de baja con fiebres, vómitos, diarreas y alimentación por sonda nasogástrica. Volvió a pensar en el final.
Cuando recibía el sol de la calle y podía ver por fin a sus hijas, había perdido peso, sufrido un trombo, desarrollado llagas en la piel. Entonces le llegó el anuncio de que tenía un cáncer de mama. Fueron diez sesiones de quimio en medio año. Perdió pelo y ánimo y horizonte y pie, y no entendía nada.
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La mujer pensaba que ya no podía más. Pero esa mujer que solo mide 1,56 metros y nada más que pesaba cuarenta y tantos kilos, podía: el tercer contagio por coronavirus fue el pasado mes de abril. “Me decía: no puede ser, no me lo podía creer, no sabía por dónde iba a salir mi cuerpo”.
Vence por tercera vez a la enfermedad. Se tienta la ropa. No se explica lo suyo. Pero puede contarlo. A los pocos días de retornar al trabajo después de un mar de fiebre, le diagnostican un segundo cáncer.
Y aquí estamos este martes 5 de septiembre en Leganés (Madrid), en casa de Itziar Barbosa, 40 años, dos hijas, separada, gestora comercial en una cadena de supermercados. Tres veces coronavirus desde que vino la pandemia. Dos veces cáncer. Ahora de cuello de útero. Como en una rifa donde solo te van saliendo papeletas que nadie quiere.
Me decía: no puede ser, no me lo podía creer, no sabía por dónde iba a salir mi cuerpo
“Intento cogerme las sesiones de quimio los viernes por la tarde para estar tirada el fin de semana y así poder volver los lunes a mi puesto. Necesito hacer vida normal. Mi jefe me dice que no vaya, pero prefiero no estar de baja. En el trabajo casi nadie lo sabe. Porque no quiero que nadie me vea como a una pobrecita ni tenga compasión de mí. Pero mi gente me anima a contarlo por si ayuda a alguien, ya ves tú”.
La convalecencia exagerada de Itziar suma ya un millar de días y recuerda a uno de esos anuncios donde ponen la fotografía de una persona antes de un episodio único y después del mismo.
Antes del marzo de 2020, una.
Desde entonces y hasta ahora, para siempre otra.
-Antes era más cariñosa y alegre -concede-. Ahora soy más arisca y protestona… He aprendido a salir adelante con todo lo que te echen. Porque somos capaces de aguantarlo todo. Y más si tienes el motor de dos hijas de 15 y 12 años.
-¿Le ves fin a esto?
-A veces pienso en una ruleta… No. Yo no le veo fin, qué va. Aparecerá otra cosa -dice resignada. Y sonríe, al menos sonríe. Con esa sonrisa cansada empezamos.
(…)

Al principio fue una tos como un arcabuzazo.
Ana, su amiga del alma en el supermercado, e Itziar parecían dos camioneras en un concurso de A Ver Quién Tose Más Fuerte. Una tos bronca, recuerda, nueva, en medio de aquella actividad frenética de los primeros días de pandemia.
“La gente compraba como si fuera a acabarse el mundo y en el trabajo todos hacíamos de todo. Hacer compra para mayores, ayudar a cargar, a empaquetar… Creo que fui de las primeras en contagiarme. Primero cayó mi amiga Ana y detrás yo. Me dolía mucho al respirar. Mi pareja, Antonio, me llevó al hospital y, al final, en el Severo Ochoa me dijeron que tenía una neumonía bilateral. Era un 27 de abril. No me dejaron ingresada porque estaba hasta arriba de pacientes”.
Y la casa se convirtió en su hospital. Y con el tiempo también en su celda.
Siete meses allí, saliendo solo para algún rescate en urgencias. El titánico ejercicio de ponerse unas babuchas, la mera acción de levantar un bolígrafo con su capucha como si fuera las pesas de un forzudo, no poder ni estrujar una bayeta.
A veces pienso en una ruleta… No le veo fin, qué va. Aparecerá otra cosa
A las tres semanas tiene un trombo en la pierna, lo que faltaba. Comienzan a salirle sarpullidos y heridas por todo el cuerpo. Recuerda su piel como un semáforo averiado: amarilla, morada, verdosa. Vomita. No coordina los movimientos, el más preocupante de todos: tragar y respirar; si hace una cosa, no es capaz de hacer la otra. Itziar es pura angustia: le dicen que también tiene el cuadro torácico deformado. En sus pesadillas, aparecen serpientes y culebras que se le enroscan al cuello y la asfixian. Después de la fiebre pertinaz de 39 grados, vienen cuatro meses con décimas. Una tarde. Otra. Otra más. Puntual a su cita como el tic tac de un reloj. No cabe más debilidad. Ni más ternura en Moca, su perra: por las noches, cuando ve que lleva mucho sin moverse, se pone a dar vueltas alrededor de la cama o a empujar con el hocico a su dueña para saber si sigue viva; un día en que Itziar está en la cocina, el animal se le presenta con el termómetro que estaba en el suelo en la boca.
“Pensé que me acabaría muriendo, como todas esas personas que decían por televisión. Nunca he estado peor en mi vida. A mis hijas apenas las veía. Cada día en que amanecía, me decía: otro día en que sigues viva. Y así un día, y otro, y otro“.
Ni siquiera la saturación de oxígeno en sangre estaba bien, pero en octubre (ya sin carga vírica) pudo incorporarse al trabajo. Al mes sufre otra neumonía (sin coronavirus, curiosamente) que la tiene de baja tres semanas. Toda su obsesión es salir de la casa-cárcel. Retorna al supermercado en cuanto se encuentra mejor.
En febrero de 2021, cuatro meses después, vuelve a contagiarse. El virus que le ha destrozado el aparato respiratorio se ensaña esta vez con el aparato digestivo.
“Llevaba unos días en que la comida no me sabía a nada. Me hice una prueba y me dijeron que había dado positivo con una carga viral muy elevada. Yo decía: no puede ser. La doctora me decía: no puede ser. Pero era”.
Cada día en que amanecía, me decía: otro día en que sigues viva. Y así un día, y otro, y otro
Vuelve a adelgazar cinco kilos. Itziar es una fuente que se va vaciando. Las piernas son “unos palillos” que se doblan sin permiso. Habla de sus ojeras y de su palidez fantasmal. Más fiebre. Más miedo. Más de todo. Llama entre lágrimas a su amiga Ana y le dice: “De esta no salgo”. Su amiga Ana bromea muy seria. Es tal su estado, que en el hospital tienen que alimentarla con una sonda que le introducen desde la nariz al estómago. Su hija pequeña le pregunta si va a morir. Está de baja tres meses hasta mayo. Cuando regresa a la vida laboral, ya no es ella. Insiste en que ya no lo volverá a ser jamás.
Parece que todo ha terminado al fin. Pero, como en las series que nos importan porque nos interpelan, en el verano le anuncian nueva temporada.
(…)
Un contagio por coronavirus al principio.
Un segundo contagio después.
Y ahora la C de la palabra cáncer.
Esa era la tercera entrega que le traía la vida postpandemia.
Se lo dijeron en julio, tres días antes de su 39 cumpleaños, mientras acariciaba con los dedos unas vacaciones en paz que acabaron siendo de guerra, de mucha guerra.
Todo comenzó con un dolor en el brazo derecho al que no le dio importancia, hasta que se notó un bulto en la mama y se preocupó. El tratamiento duró de septiembre de 2021 hasta marzo de 2022. De las diez sesiones de quimioterapia por vena y vía oral, Itziar recuerda lo que se le fue yendo. El pelo. El peso. El humor. La calma. A ver quién sostenía todo eso en su sitio. Ella hizo lo que pudo.
“Llegué a pensar en dejar escrita una carta a las niñas por si moría. No paraba de pensar en por qué me estaba ocurriendo esto a mí. Es que no lo podía creer. Me preguntaba: ¿tan mala he sido para que me esté pasando esto? Me costaba no llorar”.
En marzo, el TAC y la mamografía dicen que está limpia. Pero la tregua (como siempre) apenas le dura unos días a Itziar, porque no se ha terminado de recuperar y vuelve a contagiarse por el virus.
Llegué a pensar en dejar escrita una carta a las niñas por si moría. ¿Tan mala he sido para que me pase esto?
“No tenía fuerza ni para pisar el acelerador porque la fiebre era altísima. Llegué a casa como pude, me senté donde estoy ahora mismo, me hice un test, di positivo. Me decía que no podía ser, no me lo podía creer, mi cuerpo estaba debilísimo por la quimio y otra vez enfermaba”.
Fue la convalecencia más leve de todas. Un falso respiro. Un posible buen final. Solo un par de semanas después, en una revisión oncológica, le detectan el cáncer de cuello de útero. Está tan exhausta que necesita transfusiones de sangre. Dice muchas cosas que podíamos enumerar aquí. Pero lo resumimos en tres palabras: “No podía más”.
Pero pudo.
Y puede.
De todos estos renglones que llevan leídos, el más torcido es su cuerpo. Como secuelas del periplo sanitario, la mujer arrastra una diabetes, tiene menopausia precoz, sufre cansancio crónico, olvida cosas que antes no.
-¿De qué estábamos hablando?
Pero sonríe a pesar de todo cuando te dice vete a saber tú qué me encuentran la semana que viene.
Hoy Itziar sigue siendo esa curranta que -mientras estudiaba FP- empezó a trabajar con 16 años en una pescadería del supermercado en el que hoy es gestora comercial; esa que pide la sesiones de quimioterapia un viernes por la tarde para no faltar en la oficina.
Una sesión de quimioterapia más o a lo sumo dos y a volar. Eso le han dicho. Eso será.
“Me ha tocado discutir con gente que dice que eso de las vacunas es una tontería. Yo les digo que les daría una noche de las que yo he pasado, una sola noche, y en un par de horas estaban pidiendo la vacuna a gritos”.
Moca mira a Itziar con las orejas en punta y la cabeza de lado
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